29 sept. 2011

Mascarada


***
“¿Por qué?”, era la pregunta.
“No lo sé”, fue la respuesta.
“Mientes”, insistió.
“No, no miento”, negó.
“Oh… Te mientes”, corrigió.

Y se mantuvo en silencio. Porque había destrozado con dos simples palabras sus argumentos, con tanta facilidad como una lágrima de cristal que cae al suelo se parte en mil pedazos. Las sólidas premisas que durante tanto tiempo habían mantenido la fachada ahora no eran más que fino polvo llevado por el viento.

Pero algo despertó en su interior, y fue cómo una caricia. Una dulce caricia que había rozado con la punta de los dedos esa fina porcelana que hacía las veces de rostro. Una máscara perfecta de un blanco impoluto y dulces labios curvados en el tierno gesto de una sonrisa eterna que nunca desaparecería. Perenne, fría y cálida al mismo tiempo, y por ello falsa. De nuevo la pregunta resonó en su mente, pero con un significado distinto: Ya no se preguntaba por qué había llevado durante tanto tiempo esa máscara, ahora necesitaba saber por qué la había creado.

“Miedo”
“¿Qué miedo? ¿A qué?”
“Tú sabrás”
“… tu eres yo. Tú también lo sabes”
“Lo sé”
“Pues deja de jugar conmigo”
“¿Y para que estoy aquí si no es para jugar?”
“¿… Para hacerme pensar?”
“Entonces, piensa”

Era tan sencillo engañarse… escoger el camino fácil, aquél que se alejaba de los problemas, de las preocupaciones y de todo aquello que solían llevar de la mano. Escapar una vez más ocultando el rostro e inventando una mentira con cuerpo de carne y hueso. La sonrisa era la mentira. La mirada era la mentira. Los gestos eran mentiras, así como la risa que acariciaba sus labios al liberarse. ¿Y que escondía su mentira? ¿Realmente miedo? Era un concepto demasiado abstracto, pues demasiadas eran las cosas que podían temerse.

Entonces, con una carcajada amarga se cubrió la cara con las manos, comprendiéndolo al fin. La máscara cayó al suelo con un ruido seco, dejando el paso abierto a un inmenso mar de emociones contenidas a punto de desbordarse. Era tan condenadamente ridículo asumir que tenía miedo a absolutamente todo, que tenía ganas de reír y llorar al mismo tiempo. Y ocultos los ojos tras los dedos clavó la mirada en el macabro y sonriente rostro de porcelana, sin saber si recogerlo o dejarlo ahí tirado.

“También eres tú”
“No. No soy yo”
“Tú lo has creado”
“Pero no es real”
“Tú lo has hecho real”
“¿Por qué?
“¿Dejarías que todos fuesen testigos de tu miedo?”
“…”
“Ahí tienes tu respuesta”

Las manos temblaron al recogerla, pero aun así la abrazó contra su pecho y respiró profundamente. Y se odió por sentirse más segura ahora que de nuevo volvía a tenerla al alcance de su mano, en contacto con su piel. Con una sonrisa débil, de tinte nostálgico e intenciones imprecisas, dejó que una ínfima parte de sus temores hablasen con voz propia y en forma de absurdo ruego.

“Miedo a ellos. ¿Verdad?”
“No sigas mintiéndote. No vuelvas al principio”

Cerró los ojos y se encogió sobre sí misma, sintiéndose pequeña, frágil e insegura. Desde el principio lo había sabido, y hasta el final se lo había negado. Pero fina era la línea que separaba la ingenuidad de la estupidez, y admitirlo era el primer paso, el más difícil... el único.

Porque el miedo podía ser la causa de la máscara, pero la inseguridad era la causa del miedo.


1 comentario:

  1. Perfecto. Este podría ser uno de tus mejores textos, o al menos uno de los que más me ha gustado a mí, personalmente.

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