9 dic. 2012

Sonrisa.


No solo la peligrosa curva de unos labios. No solo un gesto. No solo una respuesta a una pregunta, a una anécdota, a una broma. No solo un veredicto. No solo una mueca. No solo un ademán que por medio de la mímica habla por si solo. No solo una expresión que, grabada en el semblante con la delicadeza de Miguel Ángel, oculta más de lo que las palabras podrían expresar.

No es la frialdad de una mentira, ni la calidez temporal de una disculpa. No es algo que pueda desaparecer cuando el salado sabor de una lágrima llega a ella. No es algo que cambia con facilidad cuando el destino te acerca un dulce a los labios. Pero es algo tan volátil, tan efímero y sutil, que aunque pueda permanecer impertérrito al tiempo también puede ser destruido con la más insignificante brisa de aire. 

Es delicada, la más dulce caricia. Es cruel, la más lacerante sentencia. Y es por eso que es tan poderosa, pues por compasiva, inhumana, tierna y despiadada, se convierte en el arma más peligrosa. Pero a pesar de todo es el regalo más preciado, porque aquello que tiene el poder de dañar es al mismo tiempo la llave del Edén. 

Puede ser el escudo que te proteja, la espada que te defienda y el caballo que te ayude a escapar… pero siempre será, por encima de todo, lo más noble e íntimo que puedes ofrecer. 

Porque, sí, no hay nada más despiadado, pero tampoco existe algo más limpio y sincero que ella.



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