25 jul. 2012

Una tumba sin nombre.


"Es inevitable acabar estimando lo que vas conociendo... Por eso, durante demasiado tiempo intenté no conocer realmente a nadie." L.F.B.


El viento movía suavemente las ramas de los árboles del cementerio, creando un susurro casi continuo. Muchas hojas estaban amarillentas ya, y las más débiles eran arrancadas de las ramas por la brisa, cayendo irremediablemente al suelo donde eran pisoteadas y olvidadas, hasta desaparecer por completo. Una hoja dorada y seca se descolgó de un árbol cercano y giró traviesa en el aire, pasando por delante del rostro de Liszt, tapando el sol del atardecer por un instante. “Que propio”. Una sonrisa amarga y sesgada cruzó los labios de la joven cuando pisó la hoja sin detener su pausado caminar. Llevaba el rostro parcialmente cubierto por un tocado negro con rosas rojas, el largo vestido de luto era fino y discreto, de escote alto, y el oscuro corsé de terciopelo con lazada lo amoldaba a su figura. Entre sus brazos, cubiertos por guantes negros, llevaba un ramo con quince rosas del rojo más intenso que había podido encontrar. Ella misma las había cortado una a una, un trabajo que solo se molestaba en hacer una vez al año.

Continuó avanzando por el camino central del cementerio, pasando hileras e hileras de tumbas y mausoleos cada vez más lujosos, y tras diez largos minutos en los que el único sonido que rompía el susurro del viento era el de sus pasos, llegó a una zona más vacía. Las tumbas estaban muy separadas unas de otras, y el camino se dividía en varios que tomaban direcciones diferentes. Escogió uno de ellos, y al final del mismo encontró una sepultura con una cruz negra de hierro forjado. Nadie guardaba reposo eterno en ella, solo era un lugar de culto para todos aquellos cuerpos que no podían ser visitados.

La joven se acercó y se arrodilló frente a la tumba. Con un suave movimiento retiró el lazo negro que ataba el ramo, colocándolo sobre la lápida, y dejó las brillantes rosas sobre su regazo. Una triste sonrisa se dibujó en su rostro, aunque la aflicción que cargaban sus labios no era tan intensa como la de su mirada.

- Este año el ramo es más hermoso. -Comenzó. Su voz era suave, pero ponía tanto esfuerzo en que no flaqueasen sus palabras que parecía antinatural. Colocó la primera rosa en el suelo, frente a la tumba, y a continuación una segunda sobre ella, ligeramente girada hacia la derecha de modo que sus rabos quedasen cruzados en el centro- Siento no poder visitarte este año personalmente… -El tono de su voz decayó un poco mientras colocaba una tercera rosa con mimo, continuando el abanico- … pero estoy algo lejos de casa. -La cuarta rosa fue acompañada de un suspiro. Parpadeó varias veces al tiempo que la triste sonrisa aumentaba casi imperceptiblemente- Odio reconocerlo, pero las rosas de aquí son más hermosas. -Bajó el rostro hacia las flores que quedaban sobre sus muslos, tomando la quinta entre sus dedos- Me gustaría llevarte algunas -Una lágrima resbaló sobre la sexta y definitivamente cejó en los intentos de mantener el tono firme y sosegado- pero no aguantarían un viaje tan largo… - Su voz se resquebrajó del todo, rompiéndose con cada palabra que salía de su garganta. Un nudo en ella le dificultaba respirar y mantener el porte, y se dio cuenta de que poco a poco, en su batalla contra las lágrimas éstas iban ganando terreno. El abanico de rosas ya formaba casi media circunferencia cuando cogió la séptima y la alzó ante su rostro- T-te… - Dos lágrimas resbalaron por sus mejillas. Tomó aire de nuevo intentando terminar la frase- …te e-encantaba… deshojar rosas rojas. –Con la otra mano arrancó un pétalo de la flor y acercó ésta a su rostro para captar su aroma. Una nueva sonrisa fruto de los recuerdos, menos triste y más nostálgica, curvó sus labios. Liszt cerró los ojos sin apartar la flor. La mano del pétalo se cerró en un puño, guardándolo en su interior- Decías… -Guardó silencio un instante, intentando reunir la fuerza necesaria para seguir hablando. Sus hombros se convulsionaron una vez y apretó el puño, pero nunca terminó la frase, pues otra voz se alzó junto a ella.

La germana se puso rígida y trató de reconstruir sus defensas, esos muros altos y prácticamente impenetrables que había creado desde pequeña para que nadie pudiese pasar por encima… pero no pudo. Lentamente giró el rostro y sus ojos se encontraron con los del hombre que le ofrecía el pañuelo. Los iris de la joven brillaban por las lágrimas, y por su pálida piel aún se apreciaba el húmedo surco de las dos últimas perlas que habían caído de sus ojos. Contemplar la mirada de Liszt fue como contemplar el paisaje más desolado fruto del más cruel incendio.

Y allí, sentada en el suelo, con rosas aun sobre el regazo, alzó la mano en la que había encerrado el pétalo, dejándolo caer arrugado, y tomó el pañuelo que el desconocido le ofrecía.

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