30 may. 2011

Ananké


Ajado su rostro, largas sus gastadas ropas, mustios sus cabellos… Era vieja como el mismo tiempo, con él entrelazada permanecía, y con su pausado caminar avanzaba sin que nada la desviase de su rumbo, pues si había algo inevitable en cualquier plano de existencia, se trataba de ella. Llevándose consigo sueños, arrancando ilusiones de manos temblorosas, apagando los pequeños destellos de incertidumbre que hacían florecer la esperanza allí donde un pequeño rayo de sol se dejaba ver. Inevitable como la misma muerte, pero al contrario que ella sus ropas no eran negras, no portaba filo curvo ni calaveras aterradoras… No lo necesitaba para provocar el pavor más absoluto en el alma más blanca ¿Creías saber de quien se trataba?

No tienes ni idea. Compararlas es como equiparar una gota de agua con el océano, porque ella era la progenitora y la maestra. Más ineludible que las tijeras de Átropos, más certera que Láquesis al medir el hilo de la existencia, más hábil que Cloto tejiendo hebras de vida. Siempre puntual, y siempre dejando que se percibiese su presencia. Y eso era lo más temible de todo, que sentías como se acercaba y no podías hacer absolutamente nada por evitarlo.

Abstracta, incorpórea, etérea, pero su naturaleza era eterna y hasta el más iluso sabía de quien se trataba cuando sus cálidos labios rozaban su piel, disfrazando  intenciones. Cuando su helado aliento provocaba escalofríos, desvelando para el pobre incauto que era tarde. Demasiado tarde, pues sus brazos abarcaban todo el universo y ella era existencia creadora. Lejana, imposible de alcanzar.

Nacida de la nada, el mayor de los necios eres si crees poder pararla. Llegará, arrasará con todo lo que encuentre a su paso con un único objetivo: Hacer llegar lo inevitable. Esa ha sido su misión, y eficiente como pocas la ha cumplido a la perfección marcando un ritmo absurdo que no se puede seguir… ¿Por qué? Porque el ser humano es ignorante y nunca aprende…

Koré no la vio venir, y la hizo emperatriz de Érebo y sus tinieblas, reina del Tártaro, diosa del Elíseo. Razones fuera de la lógica, lejos del entendimiento. Simplemente viene, impone, y solo se puede hacer una cosa al respecto: Asentir y sonreír… si es que quedan fuerzas para ello. ¿Y luego? Seguir adelante, sabiendo que antes o después volverá a cruzarse en tu camino.

Eterna y perenne. Un viento siempre en contra, la arena del reloj que nunca deja de caer. Y solo puedes ver como cada grano se precipita a un vacío infinito como ella, oscuro, remoto, confuso y caótico como su progenie. Porque ella quiere que lo veas. Quiere que sepas que siempre está ahí, un paso por delante. Y tú estás a su sombra sabiendo en el fondo de tu alma, que al igual que la odias la necesitas.


Yo la conozco, y tú también la conoces. El broche de oro de esa quimera que ha alimentado tu existencia. Porque todos necesitamos soñar, y aunque duela, despertarnos del sueño.



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